Las llamadas tecnologías duales —aquellas con aplicaciones tanto civiles como militares— han pasado a ocupar un lugar central en las políticas industriales de las principales potencias. Y Europa quiere evitar quedarse atrás.
Esa es la principal conclusión que se desprende del estudio Tecnologías Duales: el ecosistema español de Defensa, elaborado por Inetum junto a expertos académicos, responsables militares y representantes de las principales asociaciones industriales españolas. El documento refleja un consenso prácticamente unánime: la próxima década estará marcada por una competición tecnológica en la que el liderazgo económico dependerá, cada vez más, de la capacidad para desarrollar tecnologías críticas dentro de las propias fronteras europeas.
No se trata únicamente de disponer de mejores sistemas de defensa. Lo que está en juego es la soberanía tecnológica, la resiliencia industrial y la capacidad de Europa para mantener su peso geopolítico en un escenario internacional cada vez más fragmentado.
Un cambio de paradigma acelerado por la geopolítica
Si existe un punto de inflexión que explica esta transformación, ese es la guerra de Ucrania. La invasión rusa en 2022 alteró por completo las prioridades estratégicas europeas, evidenciando hasta qué punto la dependencia tecnológica de terceros países puede convertirse en una vulnerabilidad crítica.
A ello se suma la creciente tensión en Oriente Medio, la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China y la irrupción de la inteligencia artificial generativa como una tecnología de propósito general con capacidad para transformar prácticamente cualquier actividad económica o militar.
El resultado es un escenario radicalmente distinto al de hace apenas cinco años. La Unión Europea ha respondido impulsando una estrategia que combina el incremento del gasto en defensa con una política industrial orientada a fortalecer las capacidades tecnológicas propias. Bajo el concepto de una futura «Unión Europea de la Defensa», Bruselas ha situado las tecnologías duales en el centro de su estrategia de competitividad.
El Fondo Europeo de Defensa, dotado con 8.000 millones de euros para el periodo 2021-2027, el nuevo Programa Industrial de Defensa Europea (EDIP), la iniciativa ReArm Europe o el futuro programa Agile para acelerar la innovación son algunas de las herramientas con las que la Comisión Europea pretende construir una auténtica capacidad tecnológica «Made in Europe».
El objetivo es claro: reducir las dependencias estratégicas que Europa mantiene en ámbitos como los semiconductores, los drones, las comunicaciones seguras o determinadas infraestructuras digitales críticas.
Como resume el informe, la autonomía estratégica ya no se mide únicamente por la capacidad militar, sino por el control de las tecnologías que permiten desarrollarla.
La inteligencia artificial, la gran tecnología transversal
Aunque el concepto de tecnologías duales engloba un amplio conjunto de capacidades, existe una sobre la que coinciden prácticamente todos los expertos consultados: la inteligencia artificial será la infraestructura tecnológica sobre la que se apoyará el resto de capacidades estratégicas durante la próxima década.
Lejos de entenderse como una herramienta aislada, la IA aparece descrita como una capa transversal capaz de integrar sistemas, automatizar procesos, explotar grandes volúmenes de información y acelerar la toma de decisiones en tiempo real.
Desde el ámbito académico, Antonio Fonfría, experto en Economía y Defensa, la define como la tecnología horizontal más determinante para los próximos cinco o diez años, mientras que Gonzalo León, Catedrático emérito UPM y Vicepresidente Fundación Círculo de tecnologías para la defensa y la seguridad, amplía esa visión incorporando la inteligencia artificial agéntica como una de las grandes líneas de desarrollo futuro.
En el plano industrial, la conclusión es similar. Para los expertos de Inetum, la inteligencia artificial habilitará funciones críticas como el mando y control multidominio, la correlación automática de sensores, la autonomía de plataformas no tripuladas o la explotación inteligente de datos en el Edge, permitiendo operar sobre enormes volúmenes de información distribuidos en tiempo real.

La consecuencia es que el verdadero valor ya no residirá únicamente en fabricar plataformas —aviones, buques o vehículos— sino en desarrollar el software capaz de hacerlas inteligentes.
En palabras recogidas por el estudio, la tecnología no elimina la escasez; simplemente desplaza el valor desde el hardware hacia el software, los datos, la energía y el talento.
Ese cambio de paradigma explica por qué la carrera tecnológica actual se libra tanto en laboratorios de inteligencia artificial como en fábricas de semiconductores o centros especializados en ciberseguridad.
Mucho más que inteligencia artificial
Sin embargo, reducir las tecnologías duales únicamente a la IA sería un error. El estudio identifica un conjunto de capacidades que evolucionarán de forma interdependiente y cuya convergencia definirá la superioridad tecnológica de los próximos años.
La ciberseguridad aparece como una segunda prioridad absoluta. No únicamente para proteger infraestructuras críticas, sino también para garantizar la integridad de las comunicaciones militares, las redes energéticas o las cadenas de suministro industriales. Los expertos destacan especialmente el desarrollo del cifrado postcuántico, destinado a proteger la información frente a la futura capacidad de computación de los ordenadores cuánticos.
Junto a ella destacan la computación cuántica, las comunicaciones cuánticas, el Edge Computing, la microelectrónica avanzada, los nuevos materiales, la energía, el espacio y los sistemas autónomos.
No se trata de tecnologías independientes, sino de piezas de un mismo ecosistema. Por ejemplo, el desarrollo de enjambres de drones inteligentes dependerá simultáneamente de avances en inteligencia artificial, sensores, comunicaciones seguras, procesamiento distribuido, nuevas baterías y capacidades de navegación autónoma.
La ventaja competitiva, por tanto, no surgirá de dominar una única tecnología, sino de ser capaz de integrarlas todas en sistemas complejos, fiables e interoperables.
Y precisamente ahí es donde Europa aspira a construir su espacio diferencial frente a Estados Unidos y China.
Europa busca su ventaja competitiva en la integración, no en la escala
Frente al músculo inversor de Estados Unidos y la capacidad industrial de China, Europa parte de una realidad incontestable: difícilmente podrá competir en volumen. Sin embargo, el estudio sostiene que esa desventaja no impide construir una posición de liderazgo en determinados nichos tecnológicos de alto valor añadido. La clave estará en especializarse, integrar capacidades y controlar aquellos eslabones de la cadena donde realmente se genera el conocimiento.
Esta idea aparece de forma recurrente en las aportaciones de los expertos consultados. Gonzalo León sostiene que Europa tiene margen para posicionarse en ámbitos como la ciberseguridad postcuántica, los sistemas no tripulados, las comunicaciones cuánticas o las herramientas de diseño de sistemas ciberfísicos, mientras que a más largo plazo identifica oportunidades en la propulsión hipersónica y en el desarrollo de nuevas generaciones de semiconductores basados en materiales distintos al silicio, como el nitruro de galio o las arquitecturas neuromórficas.
En esa misma línea, Inetum considera que Europa no ganará la carrera tecnológica por invertir más, sino por ser capaz de ofrecer sistemas fiables, interoperables y alineados con los estándares de seguridad de la OTAN y de la Unión Europea. La verdadera competencia ya no se libra únicamente entre fabricantes de plataformas, sino entre ecosistemas capaces de integrar software, datos, inteligencia artificial, sensores y comunicaciones en arquitecturas complejas.
En este contexto, España cuenta con fortalezas que el estudio considera relevantes. La industria aeronáutica, la construcción naval, el sector espacial, los radares, la simulación, el mando y control o la ciberseguridad representan capacidades ya consolidadas sobre las que construir una especialización europea. El reto consiste en evitar quedar relegados a tareas de ensamblaje o fabricación de bajo valor añadido y participar en el desarrollo de las tecnologías que concentran la mayor parte del conocimiento y de la propiedad intelectual.
Como resume uno de los expertos participantes, la pregunta estratégica ya no es qué plataformas fabricar, sino qué partes de la nueva cadena de valor tecnológica quiere controlar Europa durante las próximas décadas.
España dispone de capacidades, pero necesita acelerar
El informe dibuja un panorama relativamente optimista sobre la posición española, aunque acompañado de numerosas advertencias.
España cuenta con empresas líderes en aeronáutica, espacio, defensa naval, electrónica, simulación o ciberseguridad, además de un ecosistema universitario y científico con capacidad para desarrollar tecnologías profundas. Sin embargo, esa capacidad investigadora todavía no se traduce con suficiente rapidez en productos industriales, empresas escalables o contratos de defensa.
Precisamente esa dificultad para transformar investigación en mercado aparece como uno de los grandes problemas detectados por todos los participantes.
Antonio Fonfría identifica la comercialización como el punto más débil de todo el ecosistema europeo. A su juicio, el Fondo Europeo de Defensa constituye hoy el principal instrumento para impulsar la innovación dual, pero sigue existiendo una desconexión entre la investigación, el desarrollo tecnológico y la llegada efectiva de esas capacidades al mercado.
La situación se repite en buena parte de Europa. Existen excelentes proyectos de I+D, abundantes programas de financiación y un importante potencial científico, pero demasiadas iniciativas no consiguen superar las primeras fases de desarrollo. Es el conocido como «valle de la muerte», una expresión que aparece reiteradamente en el estudio para describir el momento en que muchas startups y pymes agotan sus recursos antes de alcanzar la producción industrial.
El gran obstáculo no es tecnológico
Uno de los aspectos más llamativos del informe es que apenas identifica barreras relacionadas con la capacidad científica o tecnológica del ecosistema español.
Por el contrario, los principales obstáculos son institucionales. La burocracia, la complejidad administrativa, los largos ciclos de contratación pública y la fragmentación de los programas europeos aparecen como las principales limitaciones para acelerar la innovación.
Aesmide denuncia que los procedimientos actuales continúan favoreciendo a los grandes contratistas tradicionales y dificultan la incorporación de nuevos actores tecnológicos. Las startups encuentran enormes dificultades para acceder a contratos de defensa debido a los requisitos regulatorios, las certificaciones de seguridad, los prolongados plazos administrativos y la falta de interlocutores especializados.
Tedae comparte este diagnóstico y añade otro elemento: los ciclos industriales del sector defensa siguen siendo demasiado lentos para tecnologías que evolucionan prácticamente cada pocos meses.
Mientras el desarrollo de un sistema militar puede prolongarse durante años, la inteligencia artificial, el software o la ciberseguridad evolucionan en ciclos de innovación extremadamente rápidos. Esa diferencia temporal obliga, según la asociación, a modificar profundamente los mecanismos de compra pública.
La solución pasa por incorporar fórmulas más ágiles como la compra pública innovadora, los contratos por hitos, los proyectos piloto, los demostradores tecnológicos y los denominados sandboxes regulatorios, espacios donde empresas y administraciones puedan experimentar nuevas soluciones antes de su despliegue definitivo.
La colaboración entre el mundo civil y el militar deja de ser una excepción
Otro de los grandes consensos que recoge el estudio es que el antiguo modelo, en el que las tecnologías nacían en el ámbito militar y posteriormente encontraban aplicaciones civiles, ha cambiado completamente.
Hoy ocurre justamente lo contrario. Buena parte de las innovaciones que terminan utilizándose en defensa proceden inicialmente del sector civil: inteligencia artificial, computación en la nube, microelectrónica, robótica, biotecnología, comunicaciones o análisis de datos.
Esta inversión del flujo tecnológico obliga a establecer mecanismos permanentes de colaboración entre empresas digitales, universidades, centros tecnológicos, administraciones públicas y Fuerzas Armadas.

Todos los participantes coinciden en que esa conexión continúa siendo insuficiente.
Ametic plantea incluso la creación de un Digital Defence Hub España, concebido como un nodo permanente capaz de conectar la demanda tecnológica del ámbito militar con la capacidad innovadora del ecosistema digital español.
Inetum propone una filosofía similar mediante un gran hub nacional de innovación dual inspirado en modelos como Darpa o Arpa, que permita acelerar tecnologías disruptivas mediante financiación estable, experimentación continua y una interacción mucho más estrecha entre usuarios finales e industria.
Gonzalo León va un paso más allá y defiende que las unidades militares participen durante todo el ciclo de desarrollo de las nuevas soluciones tecnológicas, evitando que los proyectos lleguen al mercado sin responder realmente a las necesidades operativas.
En definitiva, el estudio concluye que la innovación dual ya no puede organizarse mediante proyectos aislados. Requiere un ecosistema permanente, donde el conocimiento circule de forma continua entre el ámbito civil y el militar y donde la innovación deje de entenderse como una sucesión de iniciativas independientes para convertirse en una verdadera política industrial de largo plazo.
El talento, la financiación y la velocidad marcarán la diferencia
Si existe un mensaje que atraviesa de principio a fin el estudio Tecnologías Duales: el ecosistema español de Defensa es que el reto europeo ya no consiste únicamente en desarrollar tecnologías críticas. El verdadero desafío será convertirlas en capacidades industriales, escalarlas con rapidez y retener el conocimiento necesario para mantener una ventaja competitiva sostenible.
En otras palabras, la innovación deja de medirse por el número de proyectos de I+D y pasa a evaluarse por la capacidad para transformar investigación en industria, empleo cualificado y autonomía estratégica.
En ese proceso, el talento emerge como uno de los activos más escasos. Todos los expertos consultados coinciden en que Europa dispone de investigadores, ingenieros y empresas con un elevado nivel tecnológico. El problema radica en atraer, retener y conectar ese talento con las necesidades reales del ecosistema dual.
Antonio Fonfría, considera prioritario mejorar las condiciones laborales para competir en un mercado global altamente especializado. Salarios competitivos, acceso a la vivienda, formación continua y carreras profesionales de largo recorrido aparecen como elementos indispensables para evitar la fuga de profesionales altamente cualificados hacia otros mercados.
Desde una perspectiva similar, Gonzalo León introduce además un componente cultural. A su juicio, Europa necesita reforzar la conciencia social sobre la importancia de la seguridad y la defensa en un contexto de guerra híbrida y creciente inestabilidad internacional. Países como Finlandia, Polonia o los Estados bálticos representan, según explica, ejemplos de una mayor integración entre sociedad, industria y capacidades de defensa.
La industria comparte ese diagnóstico. Tedae insiste en que la defensa debe dejar de percibirse como un sector exclusivamente militar para convertirse en un entorno tecnológico de vanguardia, capaz de atraer perfiles especializados en inteligencia artificial, ingeniería, matemáticas, física o ciberseguridad. Entre las medidas propuestas destacan la movilidad entre sectores civiles y militares, el impulso de doctorados industriales, la simplificación de los procedimientos de habilitación y una mayor colaboración entre universidades y empresas.
Ametic añade otro elemento esencial: la necesidad de construir un auténtico ecosistema de talento digital que permita incorporar al ámbito de la defensa profesionales procedentes del sector tecnológico, donde actualmente se concentran buena parte de las capacidades necesarias para desarrollar las tecnologías críticas del futuro.
Una financiación que acompañe todo el ciclo de innovación
Junto al talento, la financiación constituye el segundo gran desafío identificado por el informe. No tanto por la ausencia de recursos como por la dificultad para sostener económicamente los proyectos durante todas sus fases de desarrollo.
Actualmente existen múltiples programas europeos y nacionales destinados a impulsar la investigación en tecnologías duales. Sin embargo, la mayor parte de los expertos coincide en señalar que el apoyo disminuye precisamente cuando las empresas necesitan realizar las inversiones más costosas: industrializar, certificar, fabricar y comercializar sus soluciones.
Ese vacío explica el elevado número de iniciativas que nunca llegan al mercado. Por ello, el estudio propone reforzar instrumentos capaces de acompañar la innovación desde las primeras fases de investigación hasta la producción industrial.
Entre las propuestas más repetidas figura la creación de programas inspirados en la estadounidense Darpa o en la alemana SPRIN-D, organizaciones caracterizadas por asumir elevados niveles de riesgo tecnológico para acelerar innovaciones disruptivas.
Inetum plantea incluso la puesta en marcha de un PERTE específico para tecnologías duales y ciberdefensa que permita movilizar financiación plurianual y coordinar inversiones públicas y privadas bajo una estrategia nacional compartida.
El objetivo sería superar el actual modelo basado en convocatorias puntuales y avanzar hacia una planificación estable que ofrezca certidumbre a empresas e inversores.
Europa ya dispone de instrumentos, pero necesita coordinarlos mejor
Otro de los consensos del estudio es que Europa no parte de cero. Durante los últimos años la Unión Europea ha construido un conjunto de programas destinados a fortalecer su base tecnológica e industrial en defensa.
El Fondo Europeo de Defensa (EDF) aparece de forma unánime como el instrumento con mayor capacidad transformadora. Su financiación colaborativa ha permitido impulsar numerosos proyectos de investigación y desarrollo entre empresas, universidades y centros tecnológicos de distintos Estados miembros.
Sin embargo, la mayoría de los participantes considera que su presupuesto continúa siendo insuficiente para responder a la magnitud del desafío tecnológico al que se enfrenta Europa.
Junto al EDF aparecen iniciativas como EDIP, concebida para reforzar la producción industrial y la adquisición conjunta de capacidades; DIANA, el acelerador de innovación impulsado por la OTAN para startups y pequeñas empresas; EUDIS, orientado al fortalecimiento del ecosistema europeo de innovación en defensa, o la Cooperación Estructurada Permanente (Pesco), destinada a desarrollar capacidades militares de forma coordinada entre los Estados miembros.

Pese a valorar positivamente estas herramientas, el informe señala que todavía existe una elevada fragmentación entre programas europeos y nacionales, duplicidades administrativas y modelos de cofinanciación complejos que dificultan especialmente la participación de startups y pequeñas empresas.
La conclusión compartida es clara: Europa necesita menos dispersión y más coordinación.
Las tecnologías duales ya no son una política sectorial
Más allá del análisis tecnológico, el estudio lanza un mensaje político e industrial de gran alcance. Las tecnologías duales han dejado de ser una cuestión reservada a los ministerios de Defensa para convertirse en un eje transversal de la política económica, industrial y de innovación.
Aesmide sostiene que la inversión en tecnologías duales constituye uno de los principales pilares de la soberanía tecnológica europea y de la resiliencia industrial.
Tedae va incluso más allá al afirmar que quien domina las tecnologías críticas no solo fortalece sus capacidades de defensa, sino que lidera también la economía, el empleo, la industria y la capacidad de influencia internacional.
Ametic resume esta transformación con una idea especialmente significativa: invertir en el ecosistema digital civil equivale hoy a invertir directamente en defensa.
Las fronteras entre ambos mundos se han difuminado hasta el punto de que mantenerlos separados supone, según la asociación, una importante ineficiencia estratégica.
Una decisión que marcará el futuro de Europa
El informe concluye con una reflexión que trasciende el ámbito estrictamente militar. La competencia tecnológica internacional no se decidirá únicamente en los laboratorios de investigación ni en el volumen de inversión pública. Se decidirá, sobre todo, en la capacidad para construir ecosistemas donde administraciones, universidades, centros tecnológicos, startups, pymes y grandes empresas trabajen bajo una misma estrategia de largo plazo.
Europa dispone de conocimiento científico, empresas competitivas, capacidades industriales y talento suficiente para ocupar una posición de referencia en el nuevo escenario tecnológico. Sin embargo, el tiempo juega en su contra.
Mientras Estados Unidos acelera el desarrollo de tecnologías disruptivas mediante modelos de innovación altamente flexibles y China mantiene un extraordinario ritmo de inversión e industrialización, Europa continúa enfrentándose a procesos administrativos complejos, mercados fragmentados y ciclos de decisión demasiado lentos para un contexto tecnológico que evoluciona a gran velocidad.
La gran lección que deja el estudio es que la soberanía tecnológica no dependerá únicamente de cuánto invierta Europa, sino de la rapidez con la que sea capaz de transformar ese conocimiento en capacidades industriales, productos exportables y tecnologías propias.
Porque, como sostienen de forma prácticamente unánime los expertos participantes, la cuestión ya no es si las tecnologías duales marcarán el futuro de la economía europea. La cuestión es quién será capaz de liderarlas.
Y de esa respuesta dependerán no solo la seguridad y la autonomía estratégica del continente, sino también su posición en la economía global de las próximas décadas.

