Para quienes aún no conozcan bien Dekra, ¿qué es exactamente la compañía, cuál es su misión y qué papel desempeña hoy en la industria española?
Somos una empresa de inspección, certificación y ensayos que, últimamente, está muy focalizada en el sector industrial. En España llevamos ya una trayectoria consolidada; en mi caso son 21 años en la compañía, y en la división industrial sumamos unos 20 años de presencia en el país.
Estamos muy especializados en todo lo relacionado con el medio ambiente —controles medioambientales, de aguas, de contaminación atmosférica y acústica, entre otros—, así como en auditorías energéticas para los sectores industriales. Además, contamos con una sólida y larga trayectoria en el ámbito de la seguridad de procesos.
Después de más de 20 años trabajando en consultoría de seguridad industrial y de procesos, ¿cómo ha evolucionado la forma en que las empresas españolas gestionan sus riesgos?
Estamos evolucionando. Es cierto que, al llevar dos décadas en el sector, a veces surge cierta impaciencia y da la sensación de que avanzamos despacio. Sin embargo, cuando miras en retrospectiva, se aprecia una evolución considerable.
El principal cambio radica en que antes la gestión se realizaba única y exclusivamente desde el punto de vista normativo; se trataba de cumplir la reglamentación y el compliance. Poco a poco, vemos una transición hacia una gestión basada en la prevención y en la anticipación a los riesgos, y ahí es donde creo que está el verdadero avance.
Un ejemplo claro es que ahora realizamos muchos análisis de riesgos HAZOP o LOPA. Estos estudios no son normativos, sino opcionales y voluntarios para los clientes, y sin embargo cada vez se solicitan más. No se ven como una obligación, sino como una manera de garantizar que no se va a sufrir un accidente grave. En definitiva, hemos pasado de un enfoque muy reglamentario a una cultura corporativa más voluntaria y proactiva.
Durante mucho tiempo la seguridad se ha percibido como una obligación normativa. ¿Por qué cree que las compañías más avanzadas la están integrando cada vez más como una herramienta de competitividad y negocio?
Precisamente por esa voluntad de prevenir. Las organizaciones que poseen una verdadera cultura preventiva son aquellas que han comprendido que la seguridad es un valor. Además, aporta resiliencia, garantiza unos resultados económicos sostenibles en el tiempo y permite anticiparse a los riesgos antes de que ocurran.
Ahí radica la diferencia fundamental: las empresas que solo se mueven por imperativo normativo quedan a expensas de las circunstancias, mientras que las que se adelantan y consolidan una buena cultura preventiva ganan en resiliencia y capacidad de adaptación.
¿Qué diferencia a las organizaciones que tienen una verdadera cultura preventiva de aquellas que simplemente cumplen con la normativa?
Está muy relacionado con lo anterior. Las empresas y sus directivos se están dando cuenta de que la seguridad es un activo que genera valor: valor para los accionistas, para los empleados y para la sociedad en general. Si dispones de una empresa segura que cuida de las personas y de sus activos, te aseguras una trayectoria futura mucho más sólida. Ese es el punto clave.
La transformación digital está acelerándose en todos los sectores. ¿Cómo están cambiando tecnologías como la inteligencia artificial, la automatización o el análisis de datos la gestión de la seguridad industrial?
El potencial es enorme. Como ocurre en todos los sectores, estamos viendo que la inteligencia artificial va a cambiarlo todo y que la digitalización y los datos son fundamentales. A medio plazo, nos ayudará a gestionar los riesgos de una forma mucho más eficiente y eficaz.
Sin embargo, hay que poner un matiz: se necesitan unas bases sólidas. Para que las soluciones digitales y la inteligencia artificial aporten los beneficios esperados, primero hay que contar con una excelente cultura de seguridad, personal muy formado y procedimientos bien establecidos. Una vez preparado ese terreno, se pueden implementar las herramientas tecnológicas.
El problema actual es que, a menudo, se introducen las soluciones antes de consolidar la base, lo que puede hacer que el proyecto no prospere o no funcione como se desea. En Dekra ayudamos a las organizaciones a construir esos cimientos aportando conocimiento en la implementación de procedimientos, formación del personal y mejora de la cultura de seguridad. Nosotros no vendemos software ni soluciones digitales; nos dedicamos a la certificación, inspección, ensayos y consultoría, y ahí es donde aportamos valor.
A medida que las plantas están más conectadas, también aumentan los riesgos digitales. ¿Hasta qué punto la ciberseguridad industrial se ha convertido en una prioridad para la continuidad del negocio?
Esas soluciones tecnológicas pueden introducir nuevos riesgos, y nuestra labor consiste en identificar qué vulnerabilidades traen consigo las automatizaciones o herramientas digitales que se implementan. Uno de esos riesgos es, efectivamente, la ciberseguridad industrial, y sería fundamental tenerlo en cuenta.
No obstante, percibo que la ciberseguridad industrial aún no está en las agendas tanto como debería. Las grandes compañías o aquellas que gestionan infraestructuras críticas sí la integran, pero en el tejido empresarial español general todavía no es una prioridad.
En Dekra llevamos años preparándonos para esto, combinando nuestra fortaleza en ciberseguridad con la seguridad de procesos y la seguridad funcional, aunque la demanda del mercado aún no sea masiva. Aprovecho para trasladar a los directivos la necesidad de que empiecen a plantearse este reto, porque es una realidad inminente y resulta imprescindible para asegurar la resiliencia y gestionar los riesgos correctamente.
Sectores como la energía, la química o la automoción están inmersos en procesos de descarbonización y transición energética. ¿Qué nuevos retos de seguridad están surgiendo en este contexto?
Existen nuevos retos, pero varían según el sector. En los ámbitos del refino, la energía o la química, están muy acostumbrados a gestionar las moléculas verdes que acompañan a la transformación energética. Si hablamos de hidrógeno, sus riesgos son similares independientemente de si se etiqueta como gris, verde, rosa o azul; por tanto, las empresas habituadas a estos entornos simplemente lo integran en sus procesos habituales de seguridad.
El escenario donde hay que ocuparse con mayor atención es el de los nuevos actores que se están incorporando al mercado. Son empresas muy familiarizadas, por ejemplo, con la electricidad o la fotovoltaica, pero que ahora entran en subsectores donde se opera con biometano, hidrógeno, amoníaco verde o baterías de litio. Estos operadores no tienen tanta experiencia en la gestión de los accidentes graves que pueden derivarse de estas sustancias.
Ahí es donde debemos apoyar el resto de los agentes, avanzando con cautela. Compañías como Dekra, que disponemos de un profundo conocimiento, podemos guiar a estas empresas para que operen de forma correcta. Hay una premisa clara: la transición energética será segura o no será. Un accidente grave en una instalación de hidrógeno o en una hidrogenera penalizaría gravemente el despliegue que necesitamos. Debemos ser rápidos, pero avanzando siempre sobre seguro.
Mirando a los próximos cinco o diez años, ¿qué deberían hacer hoy los directivos industriales para construir organizaciones más seguras, resilientes y sostenibles?
Aunque hay varias líneas de acción, yo me focalizaría en el conocimiento. Los directivos deben estar formados; no es necesario que sean expertos absolutos en seguridad de procesos, pero sí deben contar con las bases necesarias para identificar las líneas rojas y entender cómo afecta la seguridad industrial al negocio.
Si yo fuera directiva, me formaría en esta materia y, sobre todo, me rodearía de profesionales expertos con capacidad de influencia en la toma de decisiones. Necesitamos articular ese ecosistema de formación y conocimiento en todas las empresas para garantizar la sostenibilidad futura y evitar incidentes graves.
