Después de treinta años en prevención, ¿qué tecnología emergente considera que está transformando de manera más radical la Seguridad y Salud Laboral en la industria española?
Sin duda, la sensorización y la inteligencia artificial aplicadas a la monitorización en tiempo real. Hoy podemos anticipar fatiga, posturas forzadas o exposiciones a riesgos antes de que se materialicen en un accidente. Llevamos décadas hablando de prevención reactiva; por fin tenemos herramientas para hacerla verdaderamente predictiva. El reto ahora no es tecnológico, sino cultural: integrar esos datos en la toma de decisiones sin perder la mirada humana que siempre ha sido el corazón de nuestra disciplina.
Ha participado en la implementación de exoesqueletos y robots colaborativos o cobot. ¿Qué barreras reales siguen encontrando estas tecnologías para integrarse de forma masiva en las fábricas?
La principal barrera sigue siendo económica, especialmente para la pequeña y mediana empresa, que constituye la mayoría de nuestro tejido industrial. Pero hay otra, igual de importante, que es la resistencia al cambio: aún existe el temor de que estas tecnologías sustituyan al trabajador en lugar de protegerlo. Desde AEPSAL insistimos en que un exoesqueleto o un cobot bien implantado no quita un puesto de trabajo, lo hace más seguro y sostenible en el tiempo. Falta formación, falta acompañamiento y, sobre todo, falta involucrar a los propios trabajadores y empresarios desde el diseño del proyecto.
Tras diseñar cientos de puestos de trabajo, ¿cuál diría que es el error ergonómico más repetido en la industria y que aún no hemos sabido corregir?
El error de seguir diseñando puestos para un trabajador estándar que no existe. Seguimos partiendo de medidas antropométricas medias y olvidamos la diversidad real de las personas: alturas, capacidades físicas, edades, discapacidad, neurodivergencia, género, etc. Esto provoca que muchos puestos sean cómodos para unos pocos y lesivos para la mayoría a medio plazo. La ergonomía participativa, donde el propio trabajador valida el diseño antes de su implantación definitiva, debería ser la norma y todavía es la excepción.
Es uno de los pocos perfiles que combina PRL con ciberseguridad. ¿Estamos preparados para afrontar los riesgos laborales derivados de ataques a sistemas industriales?
Honestamente, no, al menos no de forma generalizada. Seguimos viendo la ciberseguridad como un asunto exclusivo de los departamentos de IT, cuando un ciberataque a un sistema de control industrial puede provocar desde una parada de producción hasta un accidente grave por fallo en un sistema de seguridad automatizado. Es una de las grandes lagunas de la prevención actual: necesitamos incorporar el riesgo digital dentro de nuestras evaluaciones de riesgo con la misma naturalidad con la que evaluamos un riesgo químico o mecánico.
Como vocal del Comité Técnico de Normalización 081, ¿qué cambios normativos considera urgentes para adaptar la prevención a la industria 4.0?
Necesitamos normativa que reconozca explícitamente la interacción hombre-máquina en entornos colaborativos, algo que hoy queda en una zona gris entre distintas directrices. También urge actualizar criterios de evaluación de riesgos psicosociales asociados a la digitalización, como la hiperconectividad o la presión algorítmica en entornos automatizados. Desde el comité trabajamos para que la norma no vaya siempre un paso por detrás de la tecnología, aunque reconozco que es una carrera difícil de ganar.
Actualmente investiga en proyectos para personas con discapacidad y neurodivergencias. ¿Qué está fallando en la inclusión laboral desde la perspectiva de la prevención y seguridad laboral? ¿Cómo se deberían hablar para lograr inserciones laborales exitosas los departamentos de PRL y RRHH?
Lo que falla, principalmente, es el momento en que se incorpora la prevención al proceso. Demasiadas veces PRL entra cuando la persona ya tiene asignado un puesto, en lugar de participar desde la selección y la adaptación del entorno. Con neurodivergencias esto es aún más crítico: factores como el ruido, la iluminación o los ritmos de trabajo pueden ser determinantes para el éxito o el fracaso de una incorporación. PRL y RRHH deberían hablar desde el primer día, con un lenguaje común centrado en la persona y no solo en el puesto, y entendiendo el ajuste razonable como una inversión en talento, no como un trámite administrativo.
En su experiencia asesorando modificaciones sustanciales, ¿qué tipo de máquina o instalación sigue siendo la “asignatura pendiente” en materia de seguridad?
Sin duda, las instalaciones y líneas antiguas que han ido sufriendo modificaciones sucesivas a lo largo de los años sin una revisión integral del conjunto. Cada cambio individual puede parecer seguro, pero la suma de adaptaciones acaba generando interacciones imprevistas entre sistemas que nadie ha vuelto a evaluar de forma global. Ahí es donde más accidentes graves seguimos viendo, precisamente porque la confianza en lo conocido nos hace bajar la guardia.
¿Cree que la PRL está evolucionando al ritmo que exige la automatización industrial o seguimos anclados en modelos del siglo pasado?
Avanzamos, pero no al mismo ritmo. La tecnología cambia en meses; la cultura preventiva, en años. Seguimos teniendo organizaciones donde la prevención se percibe como un requisito legal más que como un valor estratégico, y eso lastra la incorporación real de las mejoras que la propia automatización nos ofrece. Lo positivo es que cada vez más direcciones entienden que invertir en seguridad es invertir en productividad y en marca empleadora, y ese cambio de mentalidad es el que realmente nos puede acercar al ritmo que necesitamos. Un ejemplo claro fueron los COBOT, les teníamos en las plantas de producción, pero en ese momento no existía ninguna normativa al respecto. Estos cambios son un reto para la prevención.
Como presidente de Aepsal, ¿cuál es hoy la mayor batalla que está librando la asociación para mejorar la cultura preventiva en España?
Nuestra gran batalla es situar la prevención en el centro de las decisiones empresariales, no como un departamento aislado sino como un criterio transversal, presente desde el diseño de procesos hasta la estrategia de negocio. Trabajamos también por dignificar y profesionalizar nuestra figura, dotando a los técnicos de prevención de los recursos, el reconocimiento y la formación continua que la complejidad actual exige. Es una batalla de fondo, pero cada vez contamos con más aliados dentro de las propias organizaciones. El técnico tiene que ser una figura central en la organización, en breve presentaremos una investigación realizada por AEPSAL donde muestra el conflicto del rol y estrés laboral en los técnicos de prevención y los resultados, aunque esperables son devastadores.
Con una trayectoria tan transversal —desde ergonomía hasta seguridad digital—, ¿qué aprendizaje personal le ha marcado más y que aún aplica en su día a día profesional?
Que detrás de cada riesgo, de cada persona accidentada, siempre hay una persona, con su historia, sus circunstancias y su forma particular de relacionarse con el trabajo. Por mucha tecnología que incorporemos, si no escuchamos a quien ocupa el puesto, las soluciones quedan incompletas. Esa mirada, que aprendí muy pronto en mi carrera, es la que sigo aplicando hoy, ya sea diseñando un puesto, asesorando sobre ciberseguridad industrial o trabajando por la inclusión de personas con neurodivergencias y discapacidad. Al final, la prevención no deja de ser, ante todo, una forma de cuidar a las personas. Y tampoco debemos olvidar la salud mental entre los trabajadores y los riesgos psicosociales. Un reto que, si trabajamos al unísono, en vez de en compartimentos estancos, podremos atajar.

