JORNADA LABORAL

La industria alemana analiza cómo salvar su futuro: ¿sería efectivo el regreso a las 40 horas semanales?

Mientras en España se discute cómo controlar los horarios para reducir de forma efectiva la jornada de trabajo, la otrora todopoderosa industria alemana, ejemplo de productividad y exportación hasta hace poco, se plantea cómo luchar contra el aumento de los costes de producción, la competencia china y la caída de la demanda en sectores como el automóvil o el metal. Algunos empresarios, ejecutivos y responsables de patronales germanos reclaman el retorno a la jornada laboral de 40 horas semanales, más de 40 años después de aprobar su reducción a 35. Mientras que el sindicato más representativo sigue defendiendo la medida como factor de protección de las plantillas y motor de creación de empleo, sosteniendo que el problema es de demanda y un mayor tiempo de trabajo no sería la solución.

La actualidad laboral en España gira en torno a los sistemas de control de fichaje con el objetivo de reducir la jornada laboral efectiva tras el intento fallido del Gobierno de reducir la jornada semanal de trabajo a 37,5 horas. Una posibilidad cuya gestión se complica en el día a día de muchas pymes y determinados sectores económicos.

Al tiempo, Alemania ha abierto en canal un debate de fondo en la materia: ¿debe la industria seguir con la jornada laboral de 35 horas semanales para repartir el empleo, o hay que regresar a las 40 horas para no sucumbir ante la competencia china? En el fondo, la tradicional locomotora industrial europea, la germana, se plantea si su histórico estándar de bienestar es sostenible en la actual economía de competencia comercial.

Alemania: el frente empresarial por las 40 horas

La tregua social que ha imperado en la industria alemana durante décadas da muestras de verse amenazada. Los sectores metalúrgico y tecnológico afrontan una pinza en la que la escalada de costes por el encarecimiento de las materias primas y la energía, se suma a un desplome de la demanda, especialmente en el sector de la automoción, tras la irrupción de la competitiva industria china.

Ante este escenario, algunos directivos, empresarios y responsables de patronales han comenzado a expresar en público la necesidad, en su opinión, de restablecer la semana laboral de 40 horas sin traducirlo en una compensación económica mayor para los trabajadores. Dicen, respaldados por algunos analistas y economistas, que es la única vía para conseguir un recorte directo del 13% en los costes laborales por unidad producida y poder competir con las marcas del gigante asiático.

Stihl y el bloque del mittelstand

Stihl es un gigante germano de la maquinaria forestal, de jardinería y agricultura, y de herramientas para la construcción que en los últimos años ha transformado su catálogo tradicional de gasolina hacia herramientas de batería de alta tecnología para reducir emisiones y ruido.

El empresario al frente de la compañía, nieto del fundador, es Nikolas Stihl, quien se ha convertido en el portavoz mediático de la empresa familiar alemana, unificando las demandas de su sector en un paquete de máximos: retorno a las 40 horas semanales sin subida salarial a cambio, límite en las cotizaciones sociales al 40% del salario y eliminación del pago por baja médica en el primer día de enfermedad para frenar el absentismo.

Unas ideas secundadas por una parte del mittelstand, el segmento de pequeñas y medianas empresas (pymes), considerado unánimemente como la columna vertebral de la economía del país.

El peso industrial de unas pymes alemanas divididas ante las 40 horas

Un tipo de compañía que en la potencia centroeuropea se caracteriza por un modelo industrial y de gestión basado en la propiedad y arraigo familiar, que prioriza la estabilidad y la herencia generacional por encima de la presión de los mercados bursátiles; con una visión a largo plazo, invirtiendo en I+D y en la formación continua de su personal mediante el modelo de educación dual alemán; y con una orientación internacional que convierte a muchas de ellas en campeones ocultos: empresas altamente especializadas que, operando desde pequeñas comunidades rurales, lideran nichos de mercado globales en maquinaria o alta tecnología.

Estas firmas generan más de la mitad del empleo del país y asumen cerca del 75% de la formación de aprendices técnicos. Y se encuentran muy divididas en el debate sobre el mantenimiento o aumento de la jornada laboral. Las más de industrias de maquinaria, componentes y metalurgia, más basadas en horas de producción, se muestran partidarias de la ampliación a 40 horas para evitar el riesgo de quiebra de muchas de ellas. Con la crisis energética y la inflación actual, los costes de producción se vuelven insostenibles para muchas de ellas.

Mientras que las más tecnológicas necesitan cerebros y ven la reducción de jornada como la única forma de competir por los mejores profesionales. Sufren una escasez de personal cualificado por el envejecimiento de la población y son conscientes de que no pueden competir en salarios con gigantes como Mercedes-Benz o BMW, por lo que usan la reducción de jornada y la conciliación como su mejor imán para atraer el escaso talento joven disponible.

Manifestación multitudinaria bajo la lluvia en el Hofgarten de Bonn (entonces capital de la Alemania Occidental) en mayo de 1984., convocada conjuntamente por el sindicato del metal (IG Metall) y el de artes gráficas (IG Druck und Papier). Frima: IG Metall

De hecho, algunas han experimentado con la jornada laboral de cuatro días, sin recorte salarial para los empleados, introducida hace cerca de tres años a través de una iniciativa nacional de la consultora Intraprenör en colaboración con la organización sin ánimo de lucro 4 Day Week Global (4DWG). Una idea que defiende que, además de atraer más mano de obra cualificada, el trabajador aumenta su productividad. Desde 2019, 4DWG había llevado a cabo programas piloto en Reino Unido, Irlanda, Sudáfrica, Australia y Estados Unidos, con la participación de más de 500 empresas.

Tras el primer experimento en el que participaron cerca de 3.000 trabajadores en Reino Unido, investigadores de Cambridge y Boston concluyeron que casi el 40% de los participantes afirmaron sentirse menos estresados ​​y el número de dimisiones disminuyó un 57%.

Mercedes-Benz pasa a la acción y presiona por las 40 horas

Otra de las multinacionales más claras a la hora de pronunciarse en público sobre el asunto ha sido Mercedes-Benz. La compañía no se ha quedado en la teoría y ha pasado a la práctica, llegando a exigir formalmente a gran parte de sus empleados el paso de las 35 a las 40 horas semanales sin aumento de sueldo.

Una estrategia defendida en público por Martin Brudermüller, presidente del consejo de supervisión, y que ha tensionado las relaciones laborales, al aplazar en paralelo el abono de pagas extraordinarias como medida de presión antes de desarrollarse las mesas de negociación colectiva.

Pérdida de producción y empleo en la industria alemana

El debate en la industria alemana se produce en un contexto en el que los planes de reestructuración y el fantasma de los cierres de fábricas planean sobre el sector del automóvil. Los costes laborales en Alemania se sitúan a la cabeza de la Unión Europea (UE) con un precio por hora en la industria de 49,50 euros; un 47% más que la media de la UE, de 33,70 euros; y el triple que Hungría, donde es de 15,60 euros, según ha publicado Financial Times.

Desde el año 2018, la producción arrastra una caída cercana al 15% respecto a sus máximos de 2017/2018 y el empleo se ha reducido algo más del 5%, según los datos del diario económico británico.

Lo peor es que la pérdida de empleos va en aumento. La industria manufacturera alemana emplea a unos 6,5 millones de personas, y se pierden entre 12.000 y 15.000 puestos de trabajo en fábricas al mes. En el sector automovilístico a finales de junio se ocupaban casi 700.000 profesionales (691.500), con una pérdida de 42.000 trabajadores (-5,8%) en comparación a la misma fecha del año anterior, según los datos de la Oficina Federal de Estadística de Alemania.

Una situación que no se debe solo a los costes laborales, sino al aumento de los precios de la energía, la competencia de China, los aranceles estadounidenses y la transición hacia los vehículos eléctricos.

El caso Volkswagen, mucho más que costes laborales

En este contexto, un caso paradigmático es Volkswagen. Como informó industry TALKS, el grupo ha acordado vender una de sus fábricas históricas en Alemania, la de Osnabrück, para convertirla en una planta de armamento mediante un acuerdo con el gobierno de Baja Sajonia y la firma de inversión israelí Aurelius Capital, cuyo primer proyecto industrial previsto será con la compañía también israelí Rafael Advanced Defense Systems para la fabricación de sistemas y componentes para la defensa aérea del país germano y otros europeos.

Se trata de una factoría afectada por el exceso de capacidad que está obligando al grupo automovilístico a acometer una profunda reestructuración de sus operaciones europeas. De hecho, se plantea el cierre o la venta de otras cuatro fábricas: Emden, Zwickau y Hannover (pertenecientes a la marca principal de Volkswagen) y la planta de Neckarsulm (de su filial Audi). La empresa argumenta que la capacidad productiva en Europa supera la demanda actual en más de 500.000 vehículos, por lo que persigue una fuerte reducción de costes y un recorte de empleo de hasta 50.000 trabajadores en todo el grupo.

No obstante, en su caso hay analistas que recuerdan el precedente de 1994, cuando la compañía tomó la decisión contraria: bajar temporalmente a una semana laboral de 28,8 horas y cuatro días semanales, aceptando los trabajadores un recorte retributivo de forma que se evitaron 30.000 despidos.

Fábrica de Opel (Grupo Stellantis) en Kaiserslautern (Alemania), reconvertida en parte por General Dynamics European Land Systems (GDELS) en una planta militar. Firma: Opel

Además, el origen de la crisis de Volkswagen va mucho más allá de los costes laborales y hunde sus raíces en una tormenta perfecta de decisiones estratégicas erróneas. El fabricante arrastra el pecado original del escándalo de las emisiones (Dieselgate) de 2015, una factura histórica de más de 30.000 millones de euros en multas e indemnizaciones que le restó músculo financiero frente a competidores directos.

Para recuperar su reputación, el grupo diseñó una transición acelerada hacia el vehículo eléctrico, basándose en proyecciones excesivamente optimistas que han chocado de frente con el parón de la demanda mundial.

A este revés se suma el desplome de su cuota de mercado en China —donde las marcas locales como BYD la han desbancado del liderazgo— y un agujero negro de inversión en su división de software propio (Cariad). Al operar en el segmento de volumen y no en el prémium, la caída de ventas de un millón de unidades al año ha dejado al descubierto un grave exceso de capacidad, dañando su beneficio operativo.

El caso Opel Kaiserslautern en Stellantis

La histórica factoría de Opel en Kaiserslautern (que forma parte de otro imperio automovilístico, Stellantis) ha sufrido un profundo proceso de reestructuración debido al cambio hacia el vehículo eléctrico. Parte de sus inmensas instalaciones e infraestructuras industriales quedaron infrautilizadas.

Ese espacio liberado ha sido adquirido para ser utilizado también en el sector de la defensa. La multinacional estadounidense General Dynamics lo ha trasnformado para su filial europea General Dynamics European Land Systems (GDELS ). Han invertido unos 20 millones de euros en la expansión de naves de producción pesada.

El plan industrial contempla, además, la creación neta de unos 400 puestos de trabajo cualificados en la región.

Los antecedentes

Pero detrás de los grandes nombres se encuentra también la cadena de pymes de componentes. La federación patronal del metal, Gesamtmetall, liderada por Stefan Wolf, lleva preparando el terreno desde 2022 y 2023 afirmando que las 35 horas «ya no son sostenibles» y proponiendo abrir la puerta de forma voluntaria a jornadas de 42 horas semanales.

Una postura respaldada por la Federación de la Industria Alemana BDI, a través de Siegfried Russwurm, y refrendada por otra de las grandes, BMW, a través de su CEO Oliver Zipse, quien califica la reducción del tiempo de trabajo como «mensaje totalmente erróneo».

El peso de la historia y la fractura del Este

Este movimiento empresarial pretende revertir una de las mayores conquistas sindicales de Europa Occidental. Han pasado ya más de 40 años desde el inicio de la implantación de las 35 horas semanales. Una batalla que el super sindicato alemán IG Metall, con 2,2 millones de afiliados, fraguó en la primavera de 1984 con una histórica huelga de siete semanas en la industria metalúrgica de la antigua Alemania Occidental. El lema de aquella campaña parece estar ahora fuera del debate público: Más tiempo para vivir, amar, reír. Mientras que el argumento económico fue el del reparto del trabajo: jornadas con menos para que se empleen más personas. Su implantación total en los convenios de la República Federal de Alemania fue paulatina y no culminó hasta una década después, en 1995.

Sincrónica y paradójicamente, el debate actual sobre el aumento de nuevo de la jornada laboral se recrudece cuando la equiparación de este derecho en la antigua Alemania Oriental acaba de completarse. Factorías ubicadas en la antigua República Democrática Alemana, como la de BMW en Leipzig, implementaron el paso definitivo a las 35 horas el 1 de enero de 2026, tras un proceso por etapas iniciado en 2021 que obligó a contratar 300 empleados adicionales para mantener el volumen de producción. Justo cuando el Este alcanza los estándares del Oeste, algunos empresarios, directivos y patrones plantean dar marcha atrás en todo el país.

Sindicatos frente a economistas: ¿falta de horas o de clientes?

Con las negociaciones colectivas recién estrenadas, las espadas están en todo lo alto. El frente patronal cuenta con el aval de analistas, como la firma Oliver Wyman, y centros de estudios económicos de mercado, que recuerdan que Alemania se sitúa a la cola de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en horas trabajadas por empleado al año.

Frente a esta postura, IG Metall blinda su posición apoyándose en su fuerte músculo de afiliación. El sindicato desmonta el relato de la productividad con una lectura macroeconómica alternativa: el problema real de la automoción alemana no es que falten horas de trabajo en las líneas de montaje, sino que hay un exceso de capacidad productiva debido a una severa caída de la demanda. Aumentar la jornada a 40 horas en fábricas que ya acumulan stock que no pueden vender en el mercado internacional no generará más riqueza; según el sindicato, solo servirá para concentrar el trabajo, justificar expedientes de regulación y destruir empleo.

España y el control digital

Mientras Alemania discute sobre el futuro de su modelo industrial y su capacidad de mantener el empleo, la realidad del mercado español se mueve en una dimensión muy diferente. El intento del Ministerio de Trabajo de reducir por ley la jornada máxima a 37,5 horas semanales permanece encallado por falta de mayoría parlamentaria, provocando que la jornada media efectiva (38,3 horas en los convenios colectivos reales) dependa exclusivamente de la inercia sectorial o de cada empresa.

Ante el bloqueo político, el Gobierno español ha apostado por la estrategia del control técnico: un nuevo registro horario digital e inalterable, con conexiones remotas en tiempo real de la Inspección de Trabajo y multas endurecidas por incumplimiento por cada trabajador.

Sin embargo, para millones de trabajadores de pymes y de empresas de determinados sectores, el sistema es percibido como una ficción burocrática imposible de controlar.

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Fuente: MADRING

MADRING: la Fórmula 1 que quiere acelerar la industria del automóvil española

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