Impulsando la industrialización sostenible e inclusiva de África por medio de la inversión de impacto

Redacción

María Cruz-Conde
Directora de Open Value Foundation

La razón por la que algunos países consiguen prosperar, y la justificación del progreso de unas naciones frente a la decadencia de otras, es un asunto que ha fascinado a muchos a lo largo de la historia. La pobreza no se concibe ya como un fenómeno meramente material, sino que se extiende a cuestiones como la equidad, los derechos económicos, sociales y culturales, la autorrealización, la seguridad o las posibilidades de elección disponibles para que cada ser humano pueda llevar el tipo de vida que valora.

Bajo esta perspectiva, el crecimiento económico es una condición importante pero subordinada a generar oportunidades iguales para todos. Sin embargo, cuando partimos de realidades de subdesarrollo, desestructuradas, con economías basadas en un sector primario exportador, con ausencia de sector industrial, gran tamaño de la economía informal, agricultura de subsistencia, índices altísimos de pobreza, falta de capital humano formado, el verdadero desafío reside más en el cómo se genera dicho crecimiento que en el crecimiento en sí mismo.

El continente africano tiene grandes dificultades para convertir su abundancia de recursos en riqueza compartida y desarrollo económico sostenido. Según los cálculos del Banco Mundial, en 2018, un 40% de la población vivía con menos de 1,90 dólares al día en la región. Los índices de desempleo son muy altos y el acceso a los empleos de calidad sigue siendo una excepción para los jóvenes y las mujeres en la mayoría de los países africanos. Además, la falta de infraestructuras es un gran impedimento para el crecimiento en este continente, que, sin embargo, reúne las características suficientes para convertirse en un motor económico global. Con unas tendencias demográficas que lo sitúan como la mayor fuerza laboral del planeta, es el continente con más potencial de convertirse en el próximo motor de crecimiento económico en muchos sectores. Pero aún queda camino por recorrer para que África pueda aprovechar este potencial de forma duradera. Es imprescindible desarrollar su industrialización de manera fiable y sostenible para estimular la economía y la creación de empleo.

La Asamblea General de la ONU, además de proclamar el 20 de noviembre como el Día de la Industrialización de África, declara el periodo entre 2016 y 2025 como el “Tercer Decenio del Desarrollo Industrial para África”. Por su parte, el G20 incluyó en su 11ª cumbre la industrialización de África y la Unión Africana también contempla este cometido en su Agenda 2063. Sin embargo, la movilización de la comunidad internacional debe respaldarse con compromisos financieros y de colaboración reales. Si queremos lograr los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 y atajar los desafíos mencionados, es necesario y urgente involucrar a todo tipo de organizaciones y a todo el espectro de capital disponible para acelerar una industrialización responsable en el continente africano, que garantice un desarrollo inclusivo, sostenible y generador de empleo que incremente las “posibilidades de elegir” de todos los hombres y mujeres de África. El papel de las mujeres en el desarrollo de África es, de hecho, un tema importante puesto que, a pesar de ser piezas clave en todos los aspectos de la realidad social, económica y cultural de sus países, su participación ha permanecido ampliamente invisible.

Efecto multiplicador

Para conseguirlo, existe una herramienta que tiene la capacidad de contribuir a industrializar África generando el desarrollo sostenible e inclusivo que buscamos: la inversión de impacto. Una forma de inversión que tiene como objetivo generar impactos sociales y ambientales sostenibles para las empresas y comunidades en las que interviene, así como una rentabilidad financiera atractiva para el inversor.

Es el caso de Green Lion, una empresa ghanesa que proporciona bienes y servicios para los pequeños comercios que representan un mercado de 600.000 millones de dólares y son vitales para las economías de muchos países africanos. Estas pequeñas tiendas, que venden alrededor del 90% de todos los bienes de consumo a clientes de bajo poder adquisitivo, son propiedad en su amplia mayoría de mujeres emprendedoras con pocos recursos. Facilitando el acceso al crédito o la gestión de su stock, Green Lion fortalece a miles de mujeres emprendedoras africanas, mejorando sus medios de vida y transformando sus comunidades. Green Lion es la última apuesta de GSIF, un fondo abierto de deuda privada de la gestora Global Social Impact Investments SGIIC que invierte en modelos de negocio consolidados de África subsahariana. A través de ese modelo genera de forma directa, medible y reportable un impacto social positivo, además de una rentabilidad financiera para sus partícipes.

Es cierto que el perfil rentabilidad-riesgo de algunos de los proyectos de alto impacto social puede resultar ligeramente menos atractivo para aquellos inversores que no están dispuestos a renunciar a retornos de mercado a cambio de generar un impacto real, directo y positivo en las comunidades en las que invierten. Sin embargo, para aquellos proyectos de alto impacto que en un primer momento no pueden competir con rentabilidades de mercado, están las estructuras de financiación combinada o ‘blended finance’, que unen distintos tramos de inversión con distintos perfiles rentabilidad-riesgo-impacto. A menudo, estas estructuras suponen una inversión inicial financiada por fondos públicos o de origen filantrópico que asume un mayor riesgo o un menor retorno financiero con el objetivo de atraer o servir de catalizador para la inversión privada. Con estas estructuras, los inversores que inicialmente podrían descartar la inversión en estos modelos, pueden ver incrementado el atractivo de los mismos.

Según el informe Growing Impact 2020 de la IFC, la financiación combinada ha movilizado 41.000 millones de dólares en capital catalítico desde 2015, consiguiendo atraer 120.000 millones de dólares adicionales de capital privado hacia proyectos e inversiones de impacto, lo que demuestra el potencial de estas estrategias para movilizar capital privado en dirección a los ODS.

El World Investment Report 2014 de la UNCTAD estimó que, para alcanzar los ODS, con los niveles actuales de inversión, los países en desarrollo se enfrentan a una brecha de 2,5 billones de dólares anuales. En uno de sus últimos informes, la OCDE alertaba de que la situación había empeorado como consecuencia del COVID 19, y que esa brecha de financiación podría haber superado los 4 billones de dólares en 2020.

Por tanto, el gran reto al que nos enfrentamos exige involucrar a todo tipo de organizaciones y a todo el espectro de capital disponible con el objetivo de catalizar un desarrollo empresarial sostenible e inclusivo en países de bajos ingresos, como los del continente africano.

Si bien el Covid ha provocado una importante crisis económica, también ha reactivado las conciencias y presenta un impulso para acelerar la industrialización de África, incrementando la justicia global y el bienestar individual y social. Para que todos los pueblos puedan elegir dónde ir y cómo hacerlo. Para que nunca seamos ajenos al sufrimiento de otros seres humanos, a las injusticias y trabajemos juntos por un futuro mejor para la Humanidad, que salvaguarde los derechos humanos de todas las personas, de las generaciones futuras y, con ellos, la dignidad de cada ser humano, que es la mejor garantía de paz, seguridad y libertad.

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