El conflicto en Oriente Medio desatado tras los ataques de Estados Unidos e Israel y la respuesta del régimen de Teherán, sobrepasa el tablero militar y geopolítico y atisba ya en el horizonte nubarrones sobre la economía global, que van más allá del incremento en los precios del petróleo y el gas de estas primeras jornadas o la caída generalizada de los mercados bursátiles.
No venimos de un mercado estable. La guerra en Ucrania ya había estresado las cadenas de suministro y esta crisis actúa como multiplicador del alza de los precios de commodities que afectan al sector de la defensa y a la industria en general. Las previsiones para 2026 eran de precios bajos en el petróleo, pero el nuevo conflicto armado ha roto todos los modelos predictivos.
El precio del barril Brent de petróleo comenzó el año en 66,6 dólares. Hasta el pasado sábado 28 de febrero, jornada de inicio de los ataques a Irán, se había situado ya en 72,48 dólares. Y desde el inicio del conflicto ha protagonizado una escalada que le viene situando hasta en 80 y 85 dólares.
Mientras que la referencia europea para el gas, el gas natural para entrega a un mes en el mercado TTF ( Title Transfer Facility) de Países Bajos, comenzaba 2026 en 30,49 euros por megavatio hora (MWh). Alcanzaba el pasado sábado en 37,50 euros. Y tras las primeras jornadas de conflicto armado en el Golfo Pérsico se ha disparado superando incluso los 50 euros por momentos.
El cuello de botella mundial
Irán es el tercer país con mayores reservas probadas de petróleo del mundo, según la OPEP, con el 12%-13% de las reservas mundiales, según los cálculos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA). Asimismo, es el cuarto mayor productor de la OPEP: el 3%-4% de la producción mundial. Y también es el sexto mayor productor de gas del planeta.
Pero las consecuencias sobre el comercio mundial de las principales commodities no se quedan ahí. Van mucho más allá.
Porque además del papel del país persa en el mercado mundial de crudo, otros productores de la zona como Arabia Saudí, Irak, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, dirigen la mayor parte de sus exportaciones a través del estrecho de Ormuz, que está cerrado de facto al tráfico de barcos por las amenazas de represalias de las fuerzas armadas iraníes tras el inicio de las hostilidades.
Aunque el estrecho de Ormuz tiene en su punto más estrecho una anchura de cerca de 34 kilómetros, las rutas navegables para superpetroleros gigantes tienen solo unos tres kilómetros de ancho en cada dirección, lo que obliga a los buques a atravesar aguas territoriales iraníes y omaníes.
Esta angosta vía fluvial frente a la costa sur de Irán es la principal ruta de transporte de crudo desde los países ricos en petróleo hacia el resto del mundo. El país persa controla la orilla norte del estrecho, una ruta de suministro vital por la que circula el 20% del comercio mundial de petróleo y el 20% de las exportaciones de gas natural licuado (GNL).
Unos 20 millones de barriles de petróleo pasaban hasta este fin de semana por el estrecho cada día, según la EIA. Un cuello de botella petrolero crítico.
El riesgo sobre Ormuz , y, en general, sobre infraestructuras y rutas energéticas del Golfo, más allá de las reacciones iniciales en los mercados señalan que, si el bloqueo o la interrupción se prolongan, el petróleo podría superar los 100 dólares el barril. Y dependiendo de la evolución del conflicto podrían verse cotas más elevadas, hasta los 120 dólares. Algunos analistas temen que en el peor de los escenarios pueda alcanzarse precios de entre 130 y 150 dólares.
Porque el escenario más temido no es siquiera el cierre prolongado en el tiempo de este estrecho, sino que pueda llegar a haber graves daños a las infraestructuras claves de petróleo y gas de la región, informa la agencia Efe. Por el momento, es probable que el comercio del Golfo Pérsico se mantenga paralizado durante semanas, pero este escenario actual no amenaza aún el suministro de petróleo y gas.
Cadena de consecuencias económicas
Además de los cortes de suministro, las primas de seguro más altas para el transporte marítimo y las rutas más largas afectan al coste final de la energía y de otros numerosos bienes importados.
En Europa, el gas suele marcar el precio marginal de la electricidad en muchas horas. Si el gas sube, la electricidad tiende a trasladarlo. Un gas más costoso es igual a más horas eléctricas caras, especialmente en periodos de alta demanda. Y un encarecimiento sostenido de la energía significa un aumento de los costes logísticos y de producción, además de convertirse en una suerte de tasa sobre el consumo que afecta a las ventas; y sobre los márgenes empresariales, especialmente en las industrias intensivas en energía.
Los Estados que más pagan estas consecuencias son aquellos con economías importadoras netas de energía, como la española y la mayoría de los países europeos, con aumentos de la inflación y deterioros de la balanza comercial.
Y, más allá de estos efectos, la estabilidad de las rutas marítimas es esencial para el comercio global. El cierre de pasos como el estrecho de Ormuz obliga a las navieras a redirigir los trayectos, con un mayor consumo de combustible y retrasos en las entregas que afectan a industrias como la automoción, la tecnológica, la alimentaria, la textil, la química y los repuestos industriales. La experiencia reciente de la pandemia y de la crisis del mar Rojo demuestra que los desvíos de rutas y la congestión portuaria pueden tener efectos en cascada durante meses.
Un reto para el sector defensa
La industria de defensa afronta a una paradoja. Aunque sus pedidos aumentan y los analistas prevén crecimiento sostenido por el escenario internacional de rearme, el aumento del coste de sus materias primas críticas puede resentir los márgenes de beneficio si los contratos no tienen cláusulas de revisión por inflación de insumos. Y puede producir cuellos de botella en la fabricación que se prolonguen durante meses.
Estas materias primas esenciales para el sector son el acero especial, para el blindaje de carros de combate, la estructura de buques de guerra y submarinos, y la fabricación de cañones de artillería; el cobre para la electrónica y comunicaciones; el latón, para la munición; el aluminio para la estructura de cazas, drones, vehículos de transporte de tropas ligeros y misiles; y el titanio para motores a reacción, componentes de misiles y piezas que requieren una alta resistencia específica, excelente comportamiento ante la corrosión y estabilidad en entornos de calor moderado-alto (600ºC).
Un ejemplo, el aluminio
Las interrupciones en las exportaciones de aluminio desde Oriente Medio probablemente afectarán con mayor dureza a los consumidores europeos y estadounidenses, por su fuerte dependencia de la región para el suministro. El Golfo Arábigo alberga alrededor de 7 millones de toneladas de capacidad de fundición de aluminio, lo que representa aproximadamente el 8% de la capacidad mundial.
Europa importó alrededor del 21% de su aluminio primario y aleado desde Oriente Medio y Egipto el año pasado. Esta dependencia genera efectos sobre la prima física que los compradores europeos pagan para cubrir fletes, impuestos y manipulación. Además, se espera que los costes de producción aumenten si los precios energéticos continúan subiendo.
En promedio, alrededor de un tercio de los costes de fundición de aluminio se atribuyen a la energía.
Los tres escenarios futuros y sus efectos
Si los planes de Donald Trump se cumplen, con una operación de máxima intensidad durante un mes para forzar una capitulación rápida del régimen de los ayatolás, y logra una transición estable que desbloquee el potencial de Irán, los beneficios serían estructurales. La entrada masiva de petróleo iraní en el mercado internacional aliviaría la presión inflacionaria global de inmediato y los analistas creen que el precio del barril Brent se situaría entre 50 y 60 dólares.
Además, se eliminaría la prima de riesgo actual en seguros y logística por el paso del 20% de la producción mundial de petróleo crudo y gas natural a través del estrecho de Ormuz.
Por contra, un escenario de enquistamiento del conflicto y guerra de desgaste podría disparar el precio del petróleo por encimas incluso de los 120 dólares por barril, provocando una crisis de inflación global. Los bancos centrales se verían en la compleja tesitura de elevar los tipos de interés para contener los precios o bajarlos para corregir el deterioro económico que este escenario desencadenaría.
El tercer escenario sería una situación intermedia entre los dos anteriores. Una campaña no prolongada en el tiempo pero que tampoco lograse la caída del régimen de Teherán, con una salida negociada o por fases. En ese caso, poco probable en la situación actual, los analistas señalan que las alzas en el precio de las principales commodities para defensa e industria se detendrían y sus efectos serían limitados.

