REPORTAJE

El ‘valle de la muerte’ industrial: cuando la innovación se juega su futuro

En el corazón de la innovación industrial existe una frontera invisible que separa las ideas prometedoras de las tecnologías que realmente llegan a transformar la economía. Es una etapa crítica, compleja y, en muchos casos, decisiva, conocida como el “valle de la muerte”.

Lejos de ser una simple expresión, este concepto describe una realidad estructural del desarrollo tecnológico: el momento en el que una innovación ha demostrado su potencial en el laboratorio o en un entorno piloto, pero todavía no ha logrado consolidarse como una solución industrial viable, escalable y financieramente sostenible.

El término “valle de la muerte” no es casual. Toma su nombre por analogía del Death Valley de California, que recibió esta denominación en 1849, durante la fiebre del oro, cuando un grupo de pioneros quedó atrapado en la zona y sufrió bajas fatales al intentar cruzarlo. En el ámbito de la innovación, la expresión se adoptó como metáfora para describir ese tramo especialmente peligroso del desarrollo tecnológico, en el que muchas iniciativas “mueren” antes de llegar al mercado, cuando los costes se disparan, los ingresos todavía no existen y el riesgo percibido es máximo. De ahí la imagen de un valle profundo y difícil de cruzar, donde solo aquellas tecnologías que logran resistir esta travesía consiguen llegar a la industrialización y al mercado.

El valle de la muerte se sitúa entre la investigación y el desarrollo inicial de una tecnología y su despliegue industrial o comercial a gran escala. “En tecnologías industriales, como combustibles renovables o sintéticos, pesa aún más por costes de infraestructura, integración con activos existentes y horizontes largos de certificación y seguridad”, ha explicado para industry TALKS, Alfonso García de las Heras, Industrial Transformation Sr. Portfolio Manager en Repsol Technology Lab y responsable del ámbito industrial vinculado a la planta de e-fuels de Bilbao.

Es un punto especialmente delicado porque, paradójicamente, es cuando más inversión, más validación y más respaldo industrial necesita una tecnología, pero también cuando el riesgo percibido es mayor y, por tanto, cuando más difícil resulta atraer financiación, socios industriales o clientes dispuestos a apostar por ella. En este tramo intermedio, muchas innovaciones quedan atrapadas en una especie de limbo tecnológico: demasiado avanzadas para seguir siendo un experimento de laboratorio, pero todavía demasiado inmaduras para convertirse en un activo industrial plenamente operativo.

En tecnologías industriales, este fenómeno se intensifica de forma especialmente acusada. A diferencia de otros sectores, como el software o los servicios digitales, donde los costes marginales son reducidos y la validación puede realizarse rápidamente, en la industria hablamos de infraestructuras físicas, procesos complejos, integración con activos existentes, exigencias regulatorias, certificaciones de seguridad y largos horizontes temporales para demostrar estabilidad, fiabilidad y eficiencia. “Los retos típicos al industrializar tecnologías de proceso son la prueba operativa sostenida, la integración con activos existentes, la certificación regulatoria y la viabilidad económica”, explica García de las Heras.

Todo ello convierte el valle de la muerte en un auténtico cuello de botella para la innovación industrial.

Planta Repsol

Tal y como explican desde Repsol para industry TALKS, “el valle de la muerte es justo ese tramo en el que la tecnología ha probado su promesa, pero todavía no cuenta con suficiente validación operativa ni respaldo financiero para dar el salto industrial”. En este punto, muchos proyectos se enfrentan a una paradoja estructural: han superado con éxito la fase científica, pero todavía no son lo suficientemente maduros como para convencer a inversores, clientes o socios industriales de que el riesgo merece la pena y de que la tecnología podrá operar de forma segura, estable y rentable durante años.

El resultado es que numerosas tecnologías con alto potencial para mejorar la competitividad industrial, avanzar en la descarbonización o impulsar la economía circular se quedan por el camino. Algunas se abandonan, otras se ralentizan durante años y otras se ven obligadas a asumir riesgos excesivos saltando directamente del laboratorio al entorno industrial, con el consiguiente peligro para la seguridad, los costes y la reputación de las empresas involucradas. Este fenómeno no solo frena la innovación, sino que también puede retrasar la adopción de soluciones clave para los grandes retos industriales y energéticos.

Plantas piloto, gemelos digitales y validación operativa: el puente imprescindible

Frente a este reto estructural, las plantas piloto y de demostración se han consolidado como una de las herramientas más eficaces para cruzar el valle de la muerte. Su función es clara: actuar como un puente entre la ciencia y la industria, permitiendo validar tecnologías en condiciones reales, pero con un nivel de riesgo controlado y una inversión muy inferior a la de una planta industrial completa.

Desde el Repsol Technology Lab, este enfoque se ha convertido en un pilar estratégico del modelo de innovación de la compañía. El centro, ubicado en Móstoles, reproduce a pequeña escala procesos industriales complejos, permitiendo testar nuevas materias primas, catalizadores, tecnologías de proceso y configuraciones operativas antes de dar el salto a los grandes complejos industriales. Este entorno funciona como un auténtico banco de pruebas industrial, donde la innovación puede someterse a condiciones representativas de operación real.

Como explica Alfonso García de las Heras, “las plantas piloto o plantas de demostración son el puente entre la ciencia y la industria. Nos permiten validar tecnologías, catalizadores y materias primas en condiciones reales, de una manera ágil, flexible y sostenible antes de dar el salto a nuestros complejos industriales sin comprometer la operación y seguridad de los mismos”.

Estas instalaciones permiten someter las tecnologías a condiciones reales de operación, obtener datos fiables de rendimiento, estabilidad o costes y reducir de forma drástica la incertidumbre asociada al escalado industrial.

“Ese paso intermedio es crítico para reducir incertidumbre técnica, acelerar el escalado y llegar a la inversión final con datos robustos y fiables de operación, seguridad y costes”, añade García de las Heras.

El complejo cuenta con más de 35 plantas piloto y 20 laboratorios distribuidos en 50.000 metros cuadrados, lo que permite reproducir físicamente procesos que después se desplegarán a gran escala. Este entorno no solo permite validar la viabilidad técnica, sino también generar datos operativos reales sobre rendimiento, estabilidad, consumos, seguridad y costes, aspectos críticos para convertir una innovación en un proyecto industrial con sentido económico y con garantías de operación a largo plazo.

Además, muchas de estas instalaciones incorporan gemelos digitales, que permiten simular, optimizar y anticipar el comportamiento de los procesos antes de invertir en la construcción de plantas reales. Tal y como señala García de las Heras, “estas plantas nos permiten reproducir físicamente los procesos y muchas ya incorporan gemelos digitales para simular y optimizar antes de invertir en la construcción de plantas reales (‘hierros’) y así minimizar riesgos de escalado”.

Planta industrial

Este modelo reduce de forma significativa la incertidumbre técnica y acelera los ciclos de aprendizaje. En lugar de basarse únicamente en hipótesis o modelos teóricos, las decisiones de inversión se apoyan en datos reales, obtenidos en condiciones representativas de operación industrial. Esto permite llegar al momento de la inversión final con un mayor grado de confianza, tanto desde el punto de vista técnico como económico y de seguridad, reduciendo el riesgo de errores de diseño o de escalado.

Del laboratorio a la industria: efuels, economía circular y liderazgo tecnológico

Los grandes proyectos industriales impulsados por Repsol en los últimos años ilustran cómo este modelo permite superar el valle de la muerte y convertir tecnologías emergentes en realidades industriales. Se trata de proyectos complejos, intensivos en capital y con un fuerte componente tecnológico, que requieren una validación exhaustiva antes de su despliegue a gran escala.

Uno de los casos más emblemáticos es el desarrollo de combustibles sintéticos (e-fuels) en el Puerto de Bilbao. Se trata de una planta de demostración industrial FOAK (first of a kind), desarrollada junto a Petronor y Saudi Aramco como parte de un Hub de Descarbonización. Su objetivo es producir e-diésel, e-gasolina y e-SAF a partir de hidrógeno renovable y CO2 capturado, posicionándose como una referencia mundial en el uso de estas materias primas para la producción de combustibles líquidos sostenibles.

Según explica Alfonso García de las Heras, “estamos desplegando una planta de demostración industrial FOAK en el Puerto de Bilbao, en colaboración con Petronor y Saudi Aramco, como parte de un Hub de Descarbonización”. La planta, que entrará en operación en 2026, permitirá validar a escala industrial una tecnología clave para descarbonizar sectores de difícil electrificación como la aviación, el transporte marítimo o el transporte pesado por carretera. “El objetivo es demostrar la viabilidad técnica y económica de estos combustibles y posicionarnos como una referencia mundial en su producción”, subraya.

Este proyecto no surge de la nada. Antes de llegar a esta fase, la tecnología ha sido validada en plantas piloto del Repsol Technology Lab, donde se han probado procesos, materias primas y configuraciones operativas, en ocasiones apoyándose en gemelos digitales para acortar ciclos de ingeniería y reducir riesgos. Además, se aprovecha el aprendizaje acumulado en otras instalaciones industriales, como la planta de combustibles renovables de Cartagena, que ya produce a escala industrial.

En Cartagena, Repsol ya produce 250.000 toneladas anuales de combustibles 100% renovables, como diésel renovable y SAF para aviación, evitando cerca de 900.000 toneladas de CO₂ al año y aprovechando infraestructuras existentes. Este enfoque demuestra cómo tecnologías que en su momento también atravesaron el valle de la muerte hoy forman parte de la producción industrial real y contribuyen de manera inmediata a la reducción de emisiones.

Planta industrial

A estas iniciativas se suma la futura planta de Puertollano y proyectos como la Ecoplanta de Tarragona, orientada a la valorización de residuos sólidos urbanos no reciclables para producir metanol renovable y productos circulares mediante una tecnología pionera de gasificación. En conjunto, estos proyectos reflejan una estrategia clara: convertir la innovación tecnológica en capacidades industriales reales que refuercen la competitividad, impulsen la economía circular y posicionen a España como referente europeo en tecnologías de baja huella de carbono.

Startups, Corporate Venturing y el ecosistema para cruzar el valle de la muerte

Para las startups industriales, el valle de la muerte es, si cabe, aún más pronunciado. A diferencia de las grandes compañías, estas empresas emergentes suelen carecer de infraestructuras propias, referencias industriales y recursos suficientes para afrontar por sí solas los retos del escalado. En este contexto, el acompañamiento más allá de la inversión financiera se convierte en un factor crítico para su supervivencia y crecimiento.

Desde Corporate Venturing, Repsol ha desarrollado un modelo que combina capital con validación tecnológica, acceso a infraestructuras, talento científico y conocimiento industrial.

Como explica para industry TALKS Amaia de Manueles, Investment Manager en Repsol Corporate Venturing, “en tecnologías industriales el capital, por sí solo, no reduce el riesgo técnico-operativo ni crea la primera referencia industrial. Nuestro valor diferencial es combinar inversión con validación tecnológica en entornos reales, acceso a talento científico y a datos operativos”.

Este enfoque permite a las startups realizar pilotos en el Repsol Technology Lab y en plantas industriales reales, verificando niveles de madurez tecnológica, resolviendo incertidumbres en costes, fiabilidad y seguridad, y generando las primeras referencias industriales que resultan esenciales para convencer a clientes, socios e inversores. Más allá de la financiación, el acceso a entornos reales de operación se convierte en un elemento diferencial para acelerar el aprendizaje y reducir riesgos.

El fondo de Corporate Venturing ha evaluado más de 6.000 startups, mantiene un porfolio activo de más de 20 compañías y ha invertido decenas de millones de euros en tecnologías alineadas con la descarbonización, la economía circular, la captura y uso de CO2, el hidrógeno, la movilidad avanzada y la optimización de activos industriales mediante tecnologías habilitadoras como la inteligencia artificial o la robótica.

Casos como Ingelia, Perseo o Trovant ilustran cómo este acompañamiento puede marcar la diferencia. En el caso de Trovant, especializada en el upgrading de biogás a biometano, la colaboración con Repsol comenzó cuando la tecnología aún se encontraba en fase de prototipo. Tal y como explica para industry TALKS José Manuel Estrada, CEO de Trovant, “en ese momento supimos que lo que estábamos haciendo tenía sentido técnico y económico, pero aún no sabíamos si seríamos capaces de llevarlo a cabo en escala comercial”.

Planta industrial

El acceso al conocimiento industrial y a los procesos de evaluación técnica del Repsol Technology Lab supuso una validación decisiva. “Nos encontramos con profesionales muy experimentados que consiguieron entender aspectos técnicos de manera muy profunda y que nos plantearon las preguntas adecuadas, ayudándonos a identificar y minimizar los riesgos a los que nos enfrentábamos”, destaca Estrada.

La experiencia de estas startups pone de manifiesto una realidad clave: no existe un único valle de la muerte, sino varios. Como señala el propio CEO de Trovant, “el primer valle puede ser salir a un entorno real a probar tu solución, pero después viene el ‘valle de escalarla hasta un formato comercial’, después llega el ‘valle de encontrar a un cliente que pague por tu tecnología’”. Cada una de estas etapas exige capacidades diferentes, apoyos específicos y una combinación de financiación, conocimiento técnico e infraestructuras que rara vez están al alcance de una startup por sí sola.

En este contexto, el modelo de innovación abierta de Repsol, apoyado en su Technology Lab y su actividad de Corporate Venturing, actúa como un ecosistema integral para reducir riesgos, acelerar el aprendizaje y convertir tecnologías prometedoras en soluciones industriales reales. Un enfoque que no solo permite a las startups cruzar el valle de la muerte, sino que también fortalece la base industrial, impulsa la autonomía tecnológica y contribuye a situar a España en una posición de liderazgo en las tecnologías clave para la transición energética, la sostenibilidad y la competitividad industrial del futuro.

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