REPORTAJE

El reto de valorar la industria en un entorno cambiante

La industria vive un momento de transformación profunda. La digitalización de los procesos, la automatización de las plantas, la presión regulatoria en materia energética y la irrupción de nuevos actores financieros están reconfigurando no solo cómo producen las empresas, sino también cómo se valoran y cómo acceden a financiación. En este contexto, uno de los grandes retos del sector pasa por algo aparentemente técnico, pero con implicaciones estratégicas: determinar cuánto vale realmente una empresa industrial.

Durante décadas, la lógica financiera en España ha estado dominada por un enfoque relativamente sencillo. La capacidad de financiación de una empresa se apoyaba fundamentalmente en sus activos inmobiliarios. Sin embargo, en el caso de la industria, esta aproximación ha demostrado ser limitada. El grueso del valor no reside en los edificios, sino en aquello que ocurre dentro de ellos.

Gesvalt, firma especializada en consultoría y valoración, lleva años analizando esta evolución. Como explica Pedro Álvarez, director de Valoraciones Industriales en Gesvalt para industry TALKS, el problema es estructural: “El principal problema que tienen los clientes industriales es que todo el patrimonio lo tienen en la producción. Normalmente, la proporción suele ser un 25-30% en la parte inmobiliaria y un 70-75% en la parte industrial”.

Este desequilibrio entre dónde está el valor y qué se considera financiable ha marcado históricamente las limitaciones del sector.

Esta desconexión no solo ha afectado a la financiación, sino también a la percepción del riesgo por parte de los propios agentes financieros. Durante años, la industria ha sido vista como un sector más volátil y difícil de analizar, precisamente por la falta de herramientas estandarizadas para valorar sus activos productivos. Como consecuencia, muchas decisiones de inversión se han tomado con información incompleta, penalizando a empresas que, en términos operativos, eran sólidas y competitivas.

Del ladrillo a la máquina

Durante años, el sistema financiero tradicional ha priorizado los activos inmobiliarios por una razón evidente: su facilidad de valoración y ejecución en caso de impago. Una nave industrial, independientemente de su uso, podía tasarse bajo criterios relativamente homogéneos. La actividad que se desarrollaba en su interior quedaba, en gran medida, fuera del análisis.

Este enfoque, sin embargo, resulta insuficiente en un entorno industrial cada vez más complejo. Las plantas productivas actuales integran tecnología avanzada, automatización, sistemas energéticos y procesos altamente especializados que determinan su valor real.

Maquinaria industrial

Desde Gesvalt subrayan que esta simplificación ha tenido consecuencias directas sobre la financiación. “En el momento en que a un cliente industrial no le contemplas su parte productiva, le estás dejando sin posibilidad de financiar”, explica Pedro Álvarez.

La consecuencia ha sido que muchas empresas, pese a tener activos de alto valor en términos productivos, han visto limitada su capacidad de acceso al crédito.

La irrupción de nuevos actores financieros

En los últimos años, este escenario ha comenzado a cambiar. La entrada de fondos de inversión especializados y vehículos de financiación alternativos ha abierto la puerta a nuevas formas de entender el riesgo industrial.

Estos actores, a diferencia de la banca tradicional, están dispuestos a analizar en profundidad los activos productivos. Ya no se trata únicamente de valorar un inmueble, sino de comprender el funcionamiento de una línea de producción, su grado de obsolescencia, su eficiencia o su papel dentro del negocio.

Según Gesvalt, esta tendencia se ha intensificado recientemente. “De un tiempo a esta parte hemos detectado que se está generalizando la financiación de empresas industriales… cada vez es más habitual que fondos especializados estén financiando con sus activos de producción”, señala Pedro Álvarez.

Este cambio introduce una mayor sofisticación en el análisis, pero también nuevas oportunidades. Por primera vez, una máquina, una línea de fabricación o incluso una planta completa pueden convertirse en el eje central de una operación de financiación.

Sin embargo, esta evolución plantea un desafío fundamental: cómo valorar correctamente activos que no tienen un mercado secundario claro y cuya utilidad depende de su integración en un proceso productivo específico.

A diferencia de un inmueble, cuyo valor puede compararse con transacciones similares, una instalación industrial es, en muchos casos, única. Su valor no reside únicamente en sus componentes físicos, sino en su capacidad para generar ingresos dentro de un contexto concreto.

Aquí entra en juego una distinción clave: el valor en uso frente al valor de liquidación. Como explica Pedro Álvarez, “una instalación en producción vale una cosa… pero si tienes que venderla despiezada, puede valer el 30%”.

Este diferencial refleja la complejidad del análisis. Una planta puede ser altamente valiosa mientras opera, pero perder gran parte de su valor si se desmantela. Factores como la especificidad tecnológica, la integración de sistemas o la dependencia de un proceso concreto influyen de forma decisiva.

Planta industrial

A esta complejidad se suma otro factor determinante: la velocidad del cambio tecnológico. En determinados sectores industriales, los ciclos de innovación son cada vez más cortos, lo que introduce un componente adicional de incertidumbre en la valoración. Equipos que hoy son altamente eficientes pueden quedar obsoletos en pocos años, lo que obliga a incorporar análisis prospectivos que van más allá del estado actual del activo y consideran su capacidad de adaptación futura.

Errores recurrentes en la valoración industrial

Más allá de la complejidad técnica, uno de los grandes problemas en la valoración industrial es el origen de los datos utilizados. Muchas empresas siguen basándose en referencias contables que no reflejan el valor real de sus activos.

Desde Gesvalt advierten de este riesgo. “El principal error es cuál es el origen de la valoración. Muchas veces el cliente no sabe cómo se determinó ese valor inicial”, apunta Pedro Álvarez.

El uso de valores contables puede generar distorsiones significativas. Por un lado, el valor neto contable tiende a infravalorar los activos debido a la depreciación. Por otro, el valor de adquisición no tiene en cuenta la evolución del mercado ni las inversiones posteriores.

Estas discrepancias no son solo teóricas. En ámbitos como el aseguramiento, pueden tener consecuencias directas. Un activo infravalorado puede implicar una indemnización insuficiente en caso de siniestro, mientras que un sobreseguro supone un coste innecesario.

La valoración como herramienta estratégica

Tradicionalmente, la valoración de activos se ha percibido como un requisito técnico o administrativo. Sin embargo, en el contexto actual, empieza a consolidarse como una herramienta estratégica.

Las grandes compañías han sido las primeras en interiorizar este cambio. Para ellas, contar con una valoración independiente no es un coste, sino una inversión que aporta seguridad y transparencia.

“Cada vez es más habitual que el gerente de riesgos vea este informe como una inversión y no como un coste”, destaca Pedro Álvarez.

Esta visión permite optimizar no solo las pólizas de seguro, sino también las decisiones de inversión, desinversión o financiación.

Si hay dos factores que están redefiniendo el valor industrial en la actualidad, esos son la automatización y la eficiencia energética. Ambos elementos no solo impactan en la competitividad de las empresas, sino también en cómo son percibidas por inversores y financiadores.

La automatización, por ejemplo, reduce la dependencia de la mano de obra, mejora la productividad y alarga la vida útil de las instalaciones. Además, suele estar asociada a tecnologías más recientes, con menor riesgo de obsolescencia.

En paralelo, la eficiencia energética se ha convertido en un criterio clave en un contexto marcado por la descarbonización y el aumento de los costes energéticos. Las inversiones en este ámbito no solo responden a exigencias regulatorias, sino también a una lógica económica.

Desde Gesvalt apuntan que estos factores ya están siendo considerados en los procesos de valoración. “Cada vez se mide más la exigencia energética y la adecuación a la descarbonización”, explica Pedro Álvarez.

La incorporación de estos nuevos criterios ha elevado el nivel de exigencia en los procesos de valoración y financiación. Los análisis son ahora más largos, más técnicos y requieren un conocimiento profundo del negocio industrial.

Para los financiadores, esto implica asumir un mayor esfuerzo en la evaluación del riesgo. A diferencia del inmobiliario, donde los parámetros están más estandarizados, cada activo industrial requiere un análisis específico.

“Muchas veces son instalaciones muy específicas y esos análisis de riesgo son mucho más complicados”, señala Pedro Álvarez.

No obstante, esta complejidad también permite una aproximación más precisa y ajustada a la realidad.

Crecer sin sobredimensionar

Más allá de la valoración y la financiación, la experiencia acumulada en el sector industrial también deja lecciones sobre la gestión del crecimiento. Uno de los errores más comunes ha sido la sobreinversión en capacidad productiva basada en expectativas poco realistas.

El ejemplo del boom inmobiliario en España es ilustrativo. Muchas empresas ampliaron sus instalaciones asumiendo que la demanda seguiría creciendo de forma sostenida. Cuando el ciclo cambió, se encontraron con activos infrautilizados.

“Nos hemos encontrado con crecimientos desorbitados… y cuando vino la crisis se encontraron con instalaciones totalmente paradas”, recuerda Pedro Álvarez.

Este tipo de situaciones refuerza la importancia de alinear las decisiones de inversión con proyecciones realistas y de considerar la flexibilidad de los activos.

El futuro de la valoración industrial

De cara a los próximos años, todo apunta a que la valoración industrial seguirá ganando relevancia. La transición hacia modelos productivos más sostenibles, la digitalización y la reconfiguración de las cadenas de suministro exigirán un análisis cada vez más sofisticado.

En este escenario, la capacidad de traducir activos complejos en valor financiero será un factor clave para la competitividad de las empresas. Aquellas que logren hacerlo de forma transparente y rigurosa tendrán una ventaja significativa a la hora de acceder a financiación.

El reto no es menor. Implica cambiar inercias, adoptar nuevas metodologías y, en muchos casos, redefinir la relación entre industria y sistema financiero. Pero también abre una oportunidad para construir un modelo más alineado con la realidad productiva.

En paralelo, también se está produciendo un cambio cultural dentro de las propias empresas industriales. La creciente profesionalización de la gestión y la incorporación de perfiles financieros más especializados están impulsando una mayor sensibilidad hacia la importancia de la valoración. Ya no se trata únicamente de cumplir con requisitos externos, sino de entender mejor el propio negocio, identificar palancas de valor y anticipar escenarios en un entorno cada vez más exigente.

Porque, en última instancia, el verdadero valor de la industria no está en sus paredes, sino en su capacidad para producir, innovar y adaptarse a un entorno en constante cambio.

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