Así lo defienden Faconauto y Aedive en el “Decálogo de la Carga del Vehículo Eléctrico”, un documento que subraya que la infraestructura, la normativa y la tecnología actuales permiten recargar con total confianza tanto en el ámbito privado como en la red pública.
El texto pone el foco en una idea clave: cargar un coche eléctrico ya no es una excepción ni una complicación, sino un gesto cotidiano que se adapta al tiempo de estacionamiento del vehículo. La mayor parte de las recargas se realizan en corriente alterna, especialmente en viviendas, garajes comunitarios, lugares de trabajo o parkings públicos, donde el coche permanece varias horas parado. Este tipo de carga, además de ser la más habitual, es también la más económica y la que requiere instalaciones más sencillas, lo que la convierte en la opción ideal para el día a día.
Para los desplazamientos largos, la corriente continua se ha consolidado como la gran aliada. Los puntos de carga rápida y ultrarrápida, cada vez más presentes en carreteras, autopistas y estaciones de servicio, permiten recuperar gran parte de la autonomía en pocos minutos, reduciendo la llamada “ansiedad de alcance” y ofreciendo una experiencia similar al repostaje de los vehículos de combustión. Esta combinación entre carga lenta y rápida es la que hace posible una movilidad eléctrica flexible y sin sobresaltos.
El crecimiento de la red pública de recarga es otro de los factores destacados. En España, los conductores pueden localizar puntos disponibles a través de aplicaciones oficiales y plataformas privadas que informan en tiempo real sobre ubicación, potencia y estado del cargador. El proceso es mayoritariamente digital y, gracias a la interoperabilidad, una sola aplicación puede servir para acceder a distintos operadores, incluso en otros países europeos, con opciones de pago que incluyen tarjeta bancaria.
El documento también insiste en la importancia de comprender conceptos básicos como la diferencia entre potencia y energía, una de las confusiones más comunes entre los usuarios. Mientras la potencia determina la velocidad de carga, la energía almacenada en la batería es la que permite recorrer kilómetros. Además, cada vehículo tiene un límite máximo de potencia que puede admitir, por lo que conectarlo a un cargador ultrarrápido no implica riesgos: es el propio coche el que regula el proceso mediante curvas de carga diseñadas para garantizar la seguridad.
La seguridad, precisamente, atraviesa todo el decálogo. Las instalaciones de recarga deben ser realizadas por empresas autorizadas y cumplir con la normativa específica, incorporando protecciones eléctricas que evitan cualquier incidencia. Se desaconseja de forma tajante el uso de enchufes convencionales o alargadores, ya que no están preparados para soportar las potencias necesarias. En el caso de los garajes comunitarios, informar al administrador y registrar la instalación se considera un paso esencial para mejorar la seguridad colectiva y facilitar la actuación en caso de emergencia.
Por último, el documento apunta al ahorro económico como otro de los grandes atractivos de la carga eléctrica. La posibilidad de programar recargas en horarios de menor coste o de aprovechar la energía generada por paneles solares convierte al coche eléctrico en un aliado también para la eficiencia energética doméstica. En conjunto, el mensaje es claro: con información, profesionales cualificados y las herramientas adecuadas, cargar un vehículo eléctrico es hoy un proceso fiable y sin complicaciones, preparado para acompañar la expansión definitiva de esta forma de movilidad.

